Durante años nos han repetido que todo está en la nube. Preguntas, tareas, recetas, dudas sentimentales. Lo que casi nunca se ve es el coste real que hay detrás de cada clic, desde la energía hasta el agua que enfría los servidores que sostienen la inteligencia artificial.
En la comuna de Quilicura, al norte de Santiago de Chile, un grupo de vecinos decidió darle la vuelta a esa historia y apagar la IA por un día. En lugar de chatbots, pusieron en marcha un “servidor humano” llamado Quili.ai, donde 50 personas del barrio respondieron más de 25 mil preguntas llegadas desde 68 países para mostrar que otra forma de interactuar, más lenta pero mucho más humana, todavía es posible.
Un experimento ciudadano en Quilicura
Quilicura es una comuna marcada por la sequía y por la presencia de varios centros de datos de grandes tecnológicas, instalaciones que consumen mucha agua para mantenerse frías. Ante esa realidad, la organización ambiental y cultural Corporación NGEN impulsó la iniciativa Quili.ai, una plataforma en la que los propios vecinos se ofrecieron a ser la “inteligencia humana” que responde en tiempo real.
El equipo estuvo formado por perfiles muy distintos, algo así como una base de datos viva. Había enfermeras, expertos en fútbol, traductoras trilingües, adolescentes encargados de redes sociales y adultos mayores que aportaron recetas y memoria del barrio. Esa mezcla de conocimientos locales y empatía fue la materia prima del “servidor humano”.
Así funcionó el “servidor humano”
Durante una jornada de ocho horas, las consultas llegaron a través de internet y fueron repartidas entre los 50 participantes, que se organizaron en turnos. Cada vecino respondió en promedio más de 40 preguntas, con conversaciones que se alargaban unos 12 minutos y 40 segundos, muy por encima de lo habitual en un chatbot automatizado.
Las dudas iban desde recomendaciones turísticas, como visitar Viña del Mar o el Cajón del Maipo, hasta peticiones de dibujos de gatos hechos a mano o preguntas de crianza. También aparecieron inquietudes emocionales, incluida una consulta sobre “cómo conocer a un latino emocionalmente responsable en Europa”. ¿Qué asistente automático se detiene tanto rato para acompañar una pregunta así?
La huella hídrica de la IA que motivó el apagón
El objetivo principal no fue demostrar que la IA esté “mal”, sino hacer visible un coste que suele pasar desapercibido. Según datos técnicos que motivaron la intervención, cada consulta a una inteligencia artificial convencional puede implicar entre 0,5 y 2 litros de agua, sobre todo por los sistemas de enfriamiento que necesitan los servidores.
En la práctica esto significa que el uso masivo de modelos de lenguaje y otros servicios de IA se suma a la presión sobre reservas hídricas ya estresadas. Investigaciones recientes sobre la huella hídrica de la IA, centradas en grandes modelos como GPT, señalan que muchos centros de datos pueden consumir millones de litros de agua al día y recomiendan más transparencia y estándares de uso responsable.
De la soledad digital a la conexión humana
La experiencia de Quili.ai también abrió una conversación sobre la soledad en tiempos de pantallas. Los vecinos notaron que muchas personas no buscaban solo datos, sino alguien que escuchara del otro lado. En palabras de la vocera de la iniciativa, Lorena Antimán, “esto fue una desconexión que generó conexión. Volvimos a lo básico, ayudarnos más entre nosotros” y no limitarse al autodiagnóstico digital cuando algo duele.
Para Antimán, el mensaje va más allá de un día sin algoritmos. “La invitación no es a ir en contra de la tecnología, sino a entender que existe una huella hídrica detrás de cada clic. Hoy, si quiero una receta de queque, probablemente sea mejor preguntarle a la vecina que a la IA”, resumió. Al final del día, lo que propone la comunidad es usar la IA cuando realmente aporta valor y dejar las preguntas cotidianas, las dudas pequeñas y las emociones a cargo de redes humanas que ya existen.
Lo que se lleva la comunidad después del experimento
Entre quienes participaron quedó la sensación de que la inteligencia colectiva puede ser más eficiente y sostenible que depender siempre de un algoritmo. “Con la ayuda de todos logramos dejar la tecnología de uso superfluo para enfocarnos en lo relevante, evitando desgastes innecesarios”, contó Ricardo, vecino y acuarelista, al compartir su balance del día. Las largas filas de consultas mostraron que, por lo general, sigue habiendo ganas de hablar con personas reales.
La marca Quili.ai ha quedado asociada a una forma distinta de usar la tecnología, apoyada en la conciencia ambiental y la cooperación del barrio. No es una llamada a apagar la IA para siempre, sino una invitación a preguntarse qué preguntas vale la pena hacerle a un modelo y cuáles se pueden resolver, literalmente, tocando el timbre del vecino. En un mundo hiperconectado, esa idea suena sorprendentemente sencilla.
La información oficial sobre la iniciativa Quili.ai se ha publicado en Corporación NGEN.











