En un complejo industrial cerca de Nantes, Francia ha dado el pistoletazo de salida a la construcción de su próximo gran portaaviones. El programa, conocido como portaaviones de nueva generación, apunta a un buque de unos 310 metros de eslora y cerca de 80.000 toneladas, con entrada en servicio prevista para 2038.
La idea es sencilla de explicar y enorme en la práctica. Sustituir al Charles de Gaulle con una “base aérea flotante” más grande, más eléctrica y pensada para operar aviones y drones en misiones largas, sin depender tanto de repostajes en mitad del océano.
El arranque industrial ya está en marcha
El inicio no ha sido una botadura ni un corte de acero del casco. El punto de partida está en la fabricación de componentes y sistemas, y en marzo de 2026 el presidente Emmanuel Macron visitó el sitio de Naval Group en Nantes-Indret, donde se anunció que “ha comenzado la construcción” y se desveló el nombre del futuro buque, France Libre.
Este matiz importa porque un portaaviones no se “levanta” como un edificio. Primero se ponen en marcha piezas críticas, se preparan instalaciones y se encadenan proveedores, y solo después el casco empieza a tomar forma en el astillero.
Un gigante en cifras
En su discurso de presentación, Macron resumió el salto de escala con datos directos. El futuro portaaviones tendrá 310 metros de largo, desplazará 80.000 toneladas y contará con dos reactores nucleares, con un coste “cerca de 10.000 millones de euros” según lo planteado públicamente.
También dejó claro que es un proyecto coral de industria y defensa. En la lista aparecen Naval Group, TechnicAtome, Framatome, los Chantiers de l’Atlantique, Thales, Dassault y MBDA, junto a la supervisión del organismo francés de compras y programas militares.
Reactores K22 y energía para todo
La propulsión nuclear suele sonar a ciencia ficción, pero el concepto es más cotidiano de lo que parece. TechnicAtome, responsable del diseño, explica que los dos reactores K22 producirán vapor a presión que luego se convierte en electricidad para mover el buque, alimentar los sistemas de a bordo y dar energía a las catapultas electromagnéticas, con una autonomía de alrededor de 10 años entre recargas de combustible.
En otras palabras, el barco no necesita ir “a repostar” cada poco tiempo como un coche. Eso no elimina la logística del grupo naval, porque siguen haciendo falta repuestos, comida o mantenimiento, pero sí cambia el ritmo de las operaciones cuando el portaaviones está lejos de casa.
Una cubierta para cazas y drones
El paquete técnico no se queda en el tamaño. En su documentación de lanzamiento de producción, Naval Group detalla un buque de 310 metros y unas 78.000 toneladas a plena carga, con un grupo aéreo que mezcla 30 aviones de combate de nueva generación, 2 aviones de vigilancia aérea, 6 helicópteros y drones, además de catapultas electromagnéticas para lanzar distintos tipos de aeronaves.
¿Y qué es una catapulta electromagnética en la vida real? Es, básicamente, un “tirachinas” gigante que acelera el avión en pocos segundos, pero usando electricidad en lugar de vapor, con la idea de ganar control, repetibilidad y margen para aeronaves futuras.
Un proyecto de país, no solo un barco
Más allá del casco y los aviones, el proyecto es una cadena industrial larga. Naval Group lo presenta como un hito de “lanzamiento de producción” y subraya que el programa se apoya en Naval Group, Chantiers de l’Atlantique y TechnicAtome, bajo dirección de la agencia francesa de adquisiciones militares y del organismo público de energía atómica, dentro de un calendario que se estira durante años.
Al final del día, lo que se está comprando no es solo acero y electrónica. También es continuidad de capacidades, mano de obra especializada y una forma concreta de desplegar poder aéreo desde el mar, con todas las discusiones que eso abre sobre coste, prioridades y riesgos tecnológicos.
La nota de prensa principal se ha publicado en Naval Group.












