Para mucha gente, inteligencia artificial ya significa simplemente hablar con ChatGPT. El asistente se ha colado en tareas del instituto, en correos de trabajo y en dudas de última hora antes de dormir, con cientos de millones de personas usándolo cada semana según datos de la propia empresa.
En medio de esa normalidad digital, un movimiento llamado QuitGPT propone algo bastante radical. Sus organizadores animan a cancelar la suscripción, borrar la app y cambiar a otros chatbots para castigar a OpenAI por las donaciones de sus directivos a campañas de Donald Trump, por la relación con el Pentágono y por el uso de sus modelos por parte de la agencia migratoria ICE.
Quién está detrás de QuitGPT
QuitGPT se presenta como un grupo de activistas por la democracia en Estados Unidos que intenta usar el bolsillo de los usuarios como herramienta política. En su sitio oficial quitgpt.org explican que quieren convertir a ChatGPT en un ejemplo visible para avisar a las tecnológicas de que apoyar a gobiernos autoritarios puede tener un precio.
Según esa web, la campaña ya habría impulsado más de un millón de acciones entre bajas de suscripción, mensajes de boicot y firmas en línea. Medios como Euronews y TechRadar señalan que las cifras exactas son difíciles de verificar, pero coinciden en que el movimiento ha ganado fuerza desde que se hizo público el acuerdo de OpenAI con el Pentágono.
En paralelo, los organizadores aprovechan un malestar que ya existía con la IA generativa. Un informe global de la consultora PwC a más de cuatro mil directivos recoge que más de la mitad aún no ve beneficios claros de la inteligencia artificial en la cuenta de resultados y que muchos solo perciben más costes y riesgos.
Donaciones a Trump y el papel del ICE
Una de las acusaciones centrales de QuitGPT apunta al presidente de la compañía, Greg Brockman. Registros de la Comisión Federal Electoral de Estados Unidos, analizados por Reuters, muestran que Brockman donó veinticinco millones de dólares a MAGA Inc, el super PAC que respalda la agenda de Trump en las elecciones de 2026.
La campaña también recuerda que el director ejecutivo, Sam Altman, se comprometió a donar un millón de dólares al fondo inaugural de Trump en 2025, algo recogido por la agencia AP a partir de documentos oficiales. En QuitGPT sostienen que, sumadas, estas cantidades superan con mucha diferencia las de otras grandes empresas de IA y señalan un alineamiento político que muchos usuarios quizá desconocen.
Otro punto delicado es el uso de la tecnología de OpenAI por parte del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, conocido como ICE. Una base de datos del Departamento de Seguridad Nacional revisada por el medio The Information y citada por The Times of India detalla que ICE utiliza una herramienta de cribado de currículums impulsada por GPT 4, vendida por la empresa AIS. OpenAI ha negado tener contratos directos con ese departamento, pero la campaña sostiene que ofrecer acceso comercial a estos modelos facilita igualmente políticas migratorias muy cuestionadas.
Salud mental y dependencia del chatbot
QuitGPT no se queda solo en la política institucional y entra en un terreno más cotidiano. En su web hablan de usuarios que tratan a ChatGPT como novio o novia virtual y acusan al sistema de fomentar problemas de salud mental por la adulación constante y la sensación de compañía siempre disponible. Para cualquiera que haya visto a un amigo desvelado hablando con un chatbot toda la noche, la escena no suena tan lejana.
Aquí los organizadores se apoyan en datos de la propia empresa. Un análisis de Wired sobre cifras publicadas por OpenAI describe que, en una semana típica, una pequeña fracción de usuarios muestra señales de delirio, manía, ideas suicidas o dependencia emocional fuerte en sus conversaciones con el asistente, lo que equivale a cientos de miles de personas si se cruzan esos porcentajes con una base de unos ochocientos millones de usuarios activos. No significa que el chatbot cause por sí solo esos cuadros, pero sí que se ha convertido en un espacio donde se expresan y se refuerzan.
Expertos en salud mental advierten de que, por lo general, las máquinas no deberían sustituir a las relaciones humanas ni a la atención profesional. La campaña recoge ese argumento y lo traduce en un mensaje simple para el usuario medio que se apoya casi a ciegas en la IA para desahogarse o tomar decisiones importantes. Al final del día, la pregunta que lanzan es si queremos que una empresa privada gestione esos momentos tan delicados con tan poca supervisión externa.
Alternativas y qué puede pasar ahora
QuitGPT insiste en que no quiere acabar con la inteligencia artificial, sino cambiar de proveedor. En su lista de opciones recomiendan herramientas de código abierto y centradas en la privacidad como Confer, Alpine y Lumo, junto a grandes competidores como Gemini de Google o Claude de Anthropic. Estos servicios también han crecido rápido y, en el caso de Gemini, ya superan los setecientos cincuenta millones de usuarios activos al mes según los resultados financieros de Alphabet.
El boicot llega en un momento en el que las grandes tecnológicas invierten miles de millones en IA sin tener siempre un retorno claro. El mismo estudio global de PwC señalaba que muchos directivos aún ven la inteligencia artificial como un gasto necesario para no quedarse atrás más que como una fuente directa de beneficios, por eso una parte del mensaje de QuitGPT es que los consumidores pueden inclinar la balanza dejando de pagar.
¿Tendrá éxito el boicot a ChatGPT? Es difícil saberlo, sobre todo cuando tanta gente siente que no puede trabajar o estudiar sin su asistente de siempre. Lo que sí parece claro es que la campaña obliga a mirar no solo lo que la IA puede hacer, sino también quién la controla, a quién financia y en qué proyectos termina integrada.
El comunicado oficial de la campaña se ha publicado en quitgpt.org.










