Buenas noticias: los científicos han logrado por primera vez restablecer la actividad cerebral en un ratón criogenizado

Publicado el: 26 de marzo de 2026 a las 09:44
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Ratón de laboratorio junto a microscopio en experimento de criopreservación cerebral.

Un equipo de la Universidad Friedrich-Alexander de Erlangen-Núremberg, junto con el hospital universitario de Erlangen, ha logrado que tejido cerebral adulto de ratón recupere actividad tras una criopreservación extrema. El estudio, firmado por Alexander German, Fang Zheng y colegas, muestra que el hipocampo puede volver a transmitir señales eléctricas entre neuronas después de vitrificarse, guardarse unos días y recalentarse.

No es “resucitar” un animal, pero sí es una prueba dura para un tejido delicadísimo. Si todo se para, ¿se puede volver a encender sin que el cableado interno quede hecho trizas? La propia universidad apunta a un uso práctico, conservar muestras de cerebro extraídas en cirugía para analizarlas más tarde y compartirlas con otros laboratorios.

Qué se ha recuperado

El hipocampo participa en la memoria y el aprendizaje, y por eso es un buen sitio para comprobar si una red neuronal sigue siendo una red. Los autores dicen que han observado “recuperación a corto plazo” y que se mantienen la estructura, el metabolismo y la capacidad de respuesta eléctrica.

Lo más relevante es que vuelven las conversaciones entre neuronas. Las sinapsis respondieron a la estimulación y mantuvieron la plasticidad, que es la capacidad de cambiar con el uso. Dicho en plan cotidiano, el circuito sigue pudiendo “ajustarse” durante un rato.

Vitrificación, sin hielo

Congelar tejido no es solo bajar la temperatura. El problema es el hielo, porque los cristales pueden rasgar membranas y deformar piezas microscópicas, algo fatal para conexiones tan finas como las del cerebro. Por eso, con métodos clásicos, la red suele quedar dañada aunque algunas células sobrevivan.

La vitrificación intenta evitar el hielo con un truco de química y velocidad. Se sustituye parte del agua por crioprotectores, compuestos que actúan como anticongelante, y se enfría tan rápido que el contenido se solidifica como un vidrio sin cristales. En PNAS, el equipo describe este enfoque como una forma de conservar arquitectura y función en tejido neural adulto.

Este enfoque ya se usa desde hace décadas en otros contextos, como la preservación de embriones. Un artículo de 1985 en Nature mostró vitrificación de embriones de ratón a 196 grados bajo cero, una pista de por qué la técnica ha ido ganando terreno en biomedicina. Ese trabajo también aparece en PubMed y se cita miles de veces, lo que da una idea de su peso histórico.

Las pruebas del regreso

Primero comprobaron si el tejido mantenía su forma interna. Con microscopía electrónica vieron neuronas con partes reconocibles y mitocondrias en buen estado, que son las “baterías” celulares. Si eso falla, el resto no tiene mucho sentido.

Luego midieron el metabolismo con un analizador Seahorse, observando el consumo de oxígeno. El hipocampo vitrificado seguía “respirando”, aunque algo por debajo del tejido fresco, y los autores lo relacionan sobre todo con la exposición a los crioprotectores. Esto sugiere que el cuello de botella no es solo el frío.

La prueba final fue eléctrica. Con registros electrofisiológicos vieron transmisión sináptica y potenciación a largo plazo, un proceso ligado a cómo se refuerzan conexiones cuando se usan. También revisaron la inhibición, los frenos de la red, y no observaron un colapso que disparara una actividad descontrolada.

El reto del cerebro entero

Después intentaron vitrificar el cerebro completo dentro del cráneo. Para meter los crioprotectores, perfundieron los vasos sanguíneos desde la aorta, pero la barrera hematoencefálica actúa como filtro y complica el proceso. Además, algunas células que rodean los vasos favorecen que salga agua antes de que entren bien los crioprotectores, y eso deshidrata el tejido.

La solución fue una “equilibración intercalada”, alternando soluciones para rehidratar parcialmente durante la carga. Con este método, algunos cerebros conservaron entre el setenta y el ochenta por ciento de su masa, aunque el éxito fue irregular y solo una parte de los intentos dio tejido viable. En esos casos, neuronas del giro dentado volvieron a disparar señales.

Lo que viene ahora

Las limitaciones son claras y el propio artículo lo subraya. La recuperación se observó durante unas horas tras el recalentamiento, y no se sabe qué pasa a largo plazo ni cómo cambia la biología a nivel de genes y proteínas. Por eso, las conclusiones se mueven con cautela.

También hay un límite técnico que no se arregla con buenas intenciones. El método de enfriamiento usado encaja con muestras pequeñas, y para órganos grandes harían falta técnicas que enfríen y calienten el volumen entero de forma uniforme, evitando zonas sobrecalentadas o demasiado frías. Es el tipo de detalle que decide si algo se queda en el laboratorio o salta a clínica.

Aun con ese freno, el estudio deja una idea potente y bastante sobria. Si se conserva la estructura y las conexiones, la función puede reaparecer tras un parón total, al menos durante un tiempo. No es una demostración de criónica, y los autores advierten que su modelo no reproduce lo que ocurre alrededor de la muerte.

El estudio principal se ha publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences.

Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y tecnología publicitaria. Ha dirigido proyectos en análisis de datos, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. También colabora en iniciativas científicas relacionadas con la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de comunicación científicos, tecnológicos y medioambientales, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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