China desafía la tecnología militar un arma de microondas de 20 gigavatios capaz de derribar satélites sin usar misiles

Publicado el: 21 de abril de 2026 a las 15:32
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Sistema militar chino con arma de microondas de alta potencia montada sobre camión para interferir satélites.

Inutilizar un satélite no siempre exige una explosión en el cielo. En China, varios trabajos técnicos han vuelto a poner sobre la mesa una idea incómoda, usar microondas muy potentes y muy dirigidas para afectar a sistemas en órbita.

El debate nace de dos líneas de investigación que, sobre el papel, pueden parecer civiles. ¿Hasta dónde pueden llegar si alguien decide darles un uso militar?

Zhuri y haces ultradirigidos

China lleva años investigando centrales solares espaciales, grandes plataformas que captarían luz del Sol en órbita y enviarían energía a la Tierra. En junio de 2022, la Academia China de Ciencias informó de un hito del proyecto Zhuri, una verificación en tierra de tecnologías clave para transmitir energía sin cables mediante microondas.

Ese tipo de transmisión necesita haces estrechos, casi como un «chorro» de energía que no se desparrame. En un artículo atribuido al científico Duan Baoyan dentro del programa Zhuri, se menciona que un diseño así también puede servir para tareas «como comunicación, navegación, reconocimiento, interferencia y control remoto».

La clave no es solo enviar energía, sino apuntarla con precisión. La misma ingeniería que evita «derramar» potencia fuera del objetivo se presta, al menos en teoría, a interferir señales si se usa con otra intención. Ahí empieza la zona gris.

Picos de 20 gigavatios

El segundo frente llega desde el Northwest Institute of Nuclear Technology, en Xi’an, con un equipo liderado por Wang Gang. En la revista High Power Laser and Particle Beams describen un sistema de alimentación por pulsos, pensado para generar microondas de alta potencia, que alcanza picos de 20 gigavatios y puede operar de forma repetida durante un minuto.

Conviene traducir el dato a algo más cotidiano. Un gigavatio es la potencia de una gran central eléctrica, pero aquí esos picos duran apenas una fracción diminuta de segundo y se repiten una y otra vez. Es más parecido a miles de flashes que a una linterna encendida.

Ese trabajo además encaja con una línea previa del mismo laboratorio. En 2024, autores del instituto publicaron en Review of Scientific Instruments un generador repetitivo de 15 gigavatios, con el mismo objetivo de ganar potencia y reducir tamaño para usos prácticos.

Qué es la energía dirigida

La energía dirigida es un concepto simple, aunque suene a ciencia ficción. En vez de lanzar un proyectil, se concentra energía en forma de luz o microondas sobre un punto concreto, con la idea de afectar sensores o electrónica.

En microondas, el efecto más «limpio» es la interferencia. Puede saturar receptores, cortar enlaces de comunicación o degradar una señal mientras dura la emisión. Si la potencia y las condiciones acompañan, algunos componentes también podrían sufrir daños, pero eso depende del diseño del satélite.

Aquí entra un matiz clave. Una cosa es «cegar» un sistema durante unos segundos y otra dejar un satélite inservible, como si se hubiera roto. Entre ambas cosas hay muchos grises.

Por qué preocupa más que un misil

Los misiles antisatélite dejan una señal clara, el impacto, y suelen dejar también un problema añadido. La Agencia Espacial Europea recuerda que pruebas destructivas han sido grandes generadoras de basura espacial, y que el derribo del satélite FengYun 1C en enero de 2007 aumentó en torno a un 25 por ciento el número de objetos rastreables en órbita.

Además, esos fragmentos no desaparecen de un día para otro. Un informe de la NASA sobre el mismo episodio explica que gran parte de los restos pueden permanecer en órbita durante décadas, elevando el riesgo de colisiones para otras misiones.

Por eso, una tecnología que afecte satélites sin romperlos resulta estratégica en teoría. No crea una nube de fragmentos, y también hace más difícil atribuir el origen del incidente en caliente. Eso no la convierte automáticamente en «invisible», pero sí complica el juego.

Los límites técnicos

La parte difícil es apuntar. En órbita baja, los satélites se mueven a una velocidad enorme, del orden de 7,8 kilómetros por segundo, y dan la vuelta a la Tierra en alrededor de 90 minutos, según explica la Agencia Espacial Europea.

Mantener un haz estrecho sobre un objetivo así, desde tierra y durante una ventana corta, exige seguimiento y control fino. Además, la atmósfera puede dispersar o debilitar parte de la energía en el camino, y eso reduce la potencia efectiva. Aun así, la transmisión inalámbrica por microondas ya ha mostrado hitos en pequeño, como el experimento MAPLE de Caltech, que en 2023 informó de haber dirigido energía detectable hacia la Tierra.

Al final del día, lo que muestran estos estudios no es una confirmación pública de un arma desplegada, sino una dirección de ingeniería. En un mundo que depende cada vez más de satélites, esa dirección basta para que muchos miren hacia arriba con otra preocupación.

El estudio principal se ha publicado en HPLPB.

Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y tecnología publicitaria. Ha dirigido proyectos en análisis de datos, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. También colabora en iniciativas científicas relacionadas con la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de comunicación científicos, tecnológicos y medioambientales, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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