Cuando un estrecho se llena de minas, el mar deja de ser “solo mar”. Se convierte en una carretera con obstáculos invisibles, y basta uno para frenar a cientos de barcos. En ese contexto, la Armada de Estados Unidos ha empezado a usar sumergibles no tripulados y drones de superficie para rastrear el estrecho de Ormuz y tratar de reabrir esta ruta para el tráfico comercial.
La apuesta es simple de explicar y difícil de ejecutar. Poner máquinas donde antes se jugaban la vida marineros, y asumir que un robot perdido se reemplaza, mientras una tripulación no. Aun así, el aviso de la oficina naval estadounidense US NCAGS, que envía guías de seguridad a la navegación, suena a freno de mano “Status of TSS mine threat is not fully understood. Consider avoidance of that area.”
Una ruta clave en pausa
En días normales, por Ormuz pasa alrededor de una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado del mundo. Ahora el tráfico sigue muy por debajo de lo habitual y el 21 de abril solo tres barcos cruzaron en 24 horas, frente a unos 140 al día antes del conflicto que comenzó el 28 de febrero. También hubo un vaivén de mensajes, con un anuncio de apertura el viernes y otro de cierre del sábado, tras el que se registraron disparos contra buques.
El 17 de abril, el ministro de Exteriores iraní Abbas Araqchi escribió que el estrecho estaba abierto, y un alto cargo iraní habló de coordinar el paso con la Guardia Revolucionaria y de limitarse a carriles “seguros”. Donald Trump también publicó en Truth Social que “IRAN HAS JUST ANNOUNCED THAT THE STRAIT OF IRAN IS FULLY OPEN AND READY FOR PASSAGE”, pero en el sector marítimo no se dio por resuelto. Jakob Larsen, responsable de seguridad de la asociación naviera BIMCO, lo dejó claro al decir que “The status of mine threats in the Traffic Separation Scheme is unclear” y que las compañías “should consider avoiding the area”.
Cómo se limpia un campo minado
Una mina naval es, en la práctica, una bomba colocada para explotar cuando pasa un barco o cuando detecta su presencia. Limpiarlas no es “barrer” el mar, porque primero hay que encontrar señales, luego confirmar qué son y solo entonces neutralizarlas. Y todo eso sin equivocarse, porque un falso positivo retrasa, pero un falso negativo puede hundir un buque.
El Comando Central de Estados Unidos, conocido como CENTCOM, asegura que ya ha empezado a establecer un nuevo paso libre de minas marinas. Su plan combina buques con tripulación con medios no tripulados para la búsqueda, con la idea de abrir al menos un carril que permita volver a mover carga comercial.
El gran enemigo es el tiempo. El almirante Daryl Caudle lo resumió así “Finding and destroying mines is very time consuming”, una frase que en logística se traduce en retrasos y costes que se acumulan día tras día. Kevin Donegan, ex vicealmirante y antiguo jefe de la Quinta Flota, sostiene que un primer canal podría quedar inspeccionado “in days not weeks” si se usan vehículos submarinos no tripulados, y que el tráfico podría empezar por un pasillo estrecho y ampliarse después.
El sonar que busca minas
Uno de los sistemas centrales es el sonar AN/AQS-20C, un equipo que “ilumina” el agua con sonido y escucha el eco, como hace un murciélago en una cueva. La Armada estadounidense explica que esta versión usa cuatro conjuntos de sonar para detectar y clasificar minas, y que puede generar imágenes detalladas para analizarlas después con más calma.
Raytheon, dentro del grupo RTX, describe el AN/AQS-20C como un sistema capaz de buscar minas desde el fondo hasta cerca de la superficie en una sola pasada. La promesa aquí es práctica, menos ruido en los datos y menos tiempo perdido revisando “sombras” que al final no eran nada.
Para remolcar ese sonar se usa un buque de superficie no tripulado del paquete de contramedidas de minas, pensado para operar sin exponer a una tripulación al primer golpe. En evaluaciones del Departamento de Defensa se describe el sistema como un sonar remolcado que busca objetos “parecidos a minas” y guarda los datos para revisarlos después, dentro de un programa en el que participan empresas como Textron Systems y Raytheon.
Kingfish y Knifefish
El MK 18 Mod 2 Kingfish es un sumergible no tripulado con sonar para escanear el fondo marino en busca de minas potenciales. La propia Armada lo muestra en ejercicios con unidades de desactivación de explosivos, porque esos equipos viven, literalmente, de distinguir una roca de algo mucho peor.
El Knifefish, de General Dynamics Mission Systems, está planteado como un sensor “de fuera” que trabaja dentro del área peligrosa mientras el buque que lo lanza se mantiene fuera del campo minado. La empresa señala que puede detectar minas enterradas o en entornos donde el sonar suele confundirse, y vuelve una y otra vez a la misma idea, mantener a los marineros fuera de la zona de riesgo.
Este tipo de drones no es nuevo en la región. Un trabajo técnico del laboratorio aplicado de la Universidad Johns Hopkins describió cómo el Kingfish se desplegó ya en 2012 para misiones de búsqueda y mapeo en el área de la Quinta Flota, un recordatorio de que la amenaza de minas en estas aguas lleva años en la agenda militar.
Lo que queda por delante
Aquí hay un matiz importante. La tecnología ayuda, pero el problema de fondo es que las minas navales siguen siendo baratas de colocar y caras de gestionar, incluso con sensores modernos. Scott Savitz, ingeniero sénior de RAND, ha insistido en que este tipo de armas mantiene valor precisamente por esa mezcla de bajo coste y alto impacto.
También hay lectura estratégica. Bryan Clark, investigador del Hudson Institute, ha explicado que el bloqueo y las medidas navales buscan reducir la capacidad de Irán de usar el estrecho como palanca económica, por ejemplo cobrando peajes o forzando desvíos cerca de su costa. En ese marco, abrir aunque sea un corredor inspeccionado cambia el tipo de presión que Teherán puede ejercer sobre el tráfico comercial.
Lo que viene después suele ser menos vistoso, pero decide el resultado. Hay que repetir pasadas, cruzar datos y volver a comprobar, porque una mina que no se ve es una mina que sigue ahí. En la práctica, por eso la comunidad naval lleva años defendiendo que estas misiones son peligrosas y que los robots no son un capricho, sino una forma de apartar a las tripulaciones del peor sitio posible.
La nota de prensa oficial se ha publicado en U.S. Central Command.








